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Iucunda, la esclava de Manio Valerio Vítulo

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No es fácil tener un lugar en la Historia. Normalmente se obtiene por una serie de méritos militares, por aportaciones al mundo de la cultura o de la ciencia, por un hecho puntual transcendental... Pero todo tiene excepciones, incluso los reconocimientos. Y es que no todos los nombres que han perdurado y seguirán haciéndolo a lo largo de los siglos se deben a estas circunstancias.

Buen ejemplo de esto es Iucunda, de la que nada se sabía hasta que el 16 de agosto de 2006 aparecieron en el yacimiento arqueológico de Segóbriga (ciudad romana localizada en el municipio de Saelices) tres fragmentos que en conjunto componían una estela. El monumento funerario fue destruido en los trabajos de construcción del Circo de la ciudad y quedaron abandonados en el lugar en el que se encontraron.

La importancia de este hallazgo radica en su protagonista. Y es que está erigida en honor a una esclava que murió a los 16 años víctima de un tumor maligno y que parece ser vivió allá por el s. II d.C. El monumento consta de una parte superior con la representación de la tal Iucunda sentada mientras tañe una cítara (lo que hace suponer a los estudiosos que no era una esclava al uso sino cultivada), y una parte inferior de la estela donde se encuentra un texto métrico dedicado a la difunda que da muchos datos de ella. Dice lo siguiente: 

No tendrá que añorar tras su muerte a sus hijos perdidos.
Para Iucunda, esclava de Manio Valerio Vítulo e hija de Nigella.
Desahuciada al acercarme a mis 16 años cedí, vencida, al peso de mi destino.
He aquí lo que puede abatir tu corazón, lector, la causa prematura, lamentable,
de mi sepultura. Pero, llegada a mi fin, descanso en un lugar querido, antes que
las enfermedades destruyeran mi cuerpo con un tumor intolerable
para cualquiera. Ahora, libre de preocupaciones, reposo bajo la hierba ligera.
Ahora os toca a vosotros el cuidado de mi sepultura, padres, querido esposo, 
adiós para siempre.
Que a mí no me pese la tierra y a vosotros los dioses os sean favorables. Sé
propicia para esta citareda, como también Febo lo fue mientras viví.


Resulta curioso saber que los romanos no temían a la muerte. Temían más al olvido. Y esta mujer joven, adolescente, consiguió que su nombre y su breve historia quedaran como legado de su existencia.

Iucunda, la esclava de Manio Valerio Vítulo

La joven esclava de Segóbriga cuyo nombre desafió al olvido

Hay personas cuya vida cambió el rumbo de la historia. Sus nombres aparecen en los libros, sus retratos presiden museos y sus decisiones marcaron el destino de reinos e imperios. Sin embargo, existen otras cuya existencia transcurrió en el más absoluto anonimato. Jamás imaginaron que, siglos después de su muerte, alguien volvería a pronunciar su nombre.
 
Ese fue el caso de Iucunda.
 
No fue emperatriz, ni sacerdotisa, ni perteneció a una poderosa familia romana. Tampoco dejó escritos, riquezas o monumentos levantados en su honor. Todo lo contrario. Era una joven esclava que apenas alcanzó los dieciséis años de edad. Su vida habría desaparecido para siempre de no ser por un sencillo monumento funerario levantado por quienes la quisieron. Gracias a aquella piedra, es posible asomarse hoy a una historia profundamente humana que ha atravesado casi dos mil años.
 
Entre las numerosas inscripciones halladas en la antigua ciudad romana de Segóbriga, pocas despiertan tanta emoción como la dedicada a esta muchacha. No solo porque conserva su nombre, sino porque ofrece detalles extraordinariamente poco frecuentes sobre una persona perteneciente a los estratos más humildes de la sociedad romana.
 
Paradójicamente, mientras muchos personajes poderosos han quedado reducidos a una simple referencia en los textos antiguos, Iucunda continúa hablándonos con una cercanía sorprendente.
 
Su historia comienza en una de las ciudades más importantes de la Meseta durante la época imperial.

Segóbriga, una ciudad en pleno esplendor

Durante los siglos I y II d. C., Segóbriga vivía una de las etapas más brillantes de toda su historia.
 
Situada en un lugar estratégico del interior de Hispania, la ciudad prosperó gracias a la explotación de las minas de lapis specularis, un yeso cristalino muy apreciado en el mundo romano por su transparencia. Antes de que el vidrio comenzara a extenderse de forma generalizada, este mineral servía para cerrar ventanas y permitir el paso de la luz. Su comercio convirtió a Segóbriga en un importante centro económico conectado con las principales rutas del Imperio.
 
La riqueza generada por aquella actividad transformó profundamente la ciudad.
 
Se levantaron edificios monumentales, amplias calles porticadas, un teatro, un anfiteatro, termas, templos y elegantes viviendas decoradas con mosaicos y pinturas murales. Los viajeros que llegaban desde otras regiones encontraban una urbe dinámica, orgullosa de su prosperidad y plenamente integrada en la cultura romana.
 
Pero detrás de aquella imagen de esplendor existía otra realidad mucho menos visible.
 
El funcionamiento cotidiano de la ciudad dependía en gran medida del trabajo de cientos de esclavos.

Vivir sin ser dueño de uno mismo

La esclavitud formaba parte del sistema económico romano. Los esclavos trabajaban en explotaciones agrícolas, talleres, minas, comercios y también en las casas de las familias acomodadas.
 
No todos desempeñaban las mismas tareas ni vivían en idénticas condiciones. Algunos soportaban trabajos extremadamente duros, especialmente en las explotaciones mineras, mientras que otros desarrollaban labores domésticas o especializadas que podían proporcionarles una vida algo menos penosa.
 
Aun así, todos compartían una misma realidad: carecían de libertad jurídica.
 
No podían decidir sobre su propio destino. Dependían completamente de la voluntad de sus propietarios y, legalmente, eran considerados parte de su patrimonio.
 
Sin embargo, la vida cotidiana era mucho más compleja de lo que reflejan las leyes.
 
Con frecuencia surgían vínculos de afecto entre esclavos y miembros de una misma casa. Algunos recibían formación, aprendían oficios especializados e incluso administraban importantes responsabilidades económicas. Otros conseguían reunir el dinero suficiente para comprar su libertad o eran liberados por sus dueños como reconocimiento a largos años de servicio.
 
En ese universo diverso debió de transcurrir la corta existencia de Iucunda.ç

Una joven diferente

Todo cuanto sabemos de ella procede de una única estela funeraria descubierta en Segóbriga.
 
Y, sin embargo, esa pieza revela mucho más de lo que podría parecer a primera vista.
 
La inscripción nos informa de que murió con apenas dieciséis años. También identifica a su propietario, Manio Valerio Vítulo, y menciona a su madre, Nigella, además de otras personas relacionadas con su vida.
 
Pero quizá el aspecto más llamativo sea el relieve esculpido en la parte superior del monumento.
 
Allí aparece representada una muchacha sosteniendo un instrumento musical de cuerda, generalmente identificado como una cítara o una lira.
 
No es una imagen habitual.
 
La música ocupaba un lugar importante en la cultura romana, pero no todas las personas recibían formación musical. La presencia de ese instrumento ha llevado a pensar que Iucunda pudo poseer ciertos conocimientos artísticos o desempeñar alguna actividad relacionada con la música dentro del entorno doméstico en el que vivía.
 
Conviene ser prudentes.
 
La escultura no permite afirmarlo con absoluta seguridad. También podría tratarse de un recurso simbólico empleado para expresar refinamiento, juventud o determinadas virtudes personales. No obstante, resulta difícil contemplar aquella imagen sin imaginar a una adolescente cuyos días quizá estuvieron acompañados por el sonido de las cuerdas de un instrumento.
 
Sea cual fuera la interpretación correcta, lo cierto es que la estela quiso presentar a Iucunda de una manera muy distinta a la que cabría esperar para una esclava anónima.
 
No aparece realizando trabajos pesados ni sometida a una representación degradante.
 
Al contrario.
 
Fue retratada con dignidad.
 
Con serenidad.
 
Como alguien cuya memoria merecía ser conservada.
 
Y precisamente esa voluntad de recordar es lo que ha permitido que, casi veinte siglos después, todavía podamos preguntarnos quién fue realmente aquella muchacha cuyo nombre, grabado sobre la piedra, logró vencer al paso del tiempo.

El hallazgo de una historia olvidada

Durante siglos, el nombre de Iucunda permaneció oculto bajo la tierra que cubría las ruinas de Segóbriga. Como ocurrió con miles de hombres y mujeres del mundo romano, el paso del tiempo borró casi cualquier rastro de su existencia. Las generaciones se sucedieron unas tras otras sin saber que, bajo sus pies, una sencilla estela funeraria seguía guardando el recuerdo de una joven fallecida en plena adolescencia.
 
Fue en el año 2006 cuando las excavaciones arqueológicas devolvieron aquella pieza a la luz. El hallazgo llamó pronto la atención de los especialistas. No se trataba únicamente de una inscripción funeraria más. Su estado de conservación y la información que contenía permitían reconstruir aspectos poco habituales de la vida de una esclava en la Hispania romana.
 
En arqueología, no siempre son los grandes monumentos los que proporcionan las historias más interesantes. A veces basta una inscripción, un relieve o unas pocas palabras grabadas sobre la piedra para abrir una ventana al pasado. Ese es precisamente el valor excepcional de la estela de Iucunda.

Una imagen cargada de significado

En la parte superior del monumento aparece representada una joven sosteniendo un instrumento musical de cuerda, generalmente identificado como una cítara o una lira. La figura está esculpida con una sencillez propia de la escultura funeraria romana, pero transmite una serenidad que continúa impresionando.
 
¿Por qué fue representada así?
 
La respuesta no es sencilla y, como ocurre con frecuencia en arqueología, existen varias interpretaciones.
 
Una posibilidad es que Iucunda hubiera recibido formación musical. En las familias acomodadas no era extraño que algunos esclavos aprendieran determinadas disciplinas artísticas para entretener a sus propietarios durante reuniones y banquetes. La música era considerada una manifestación cultural refinada y, en determinados ambientes, constituía una habilidad apreciada.
 
Sin embargo, conviene actuar con prudencia. Ninguna inscripción afirma expresamente que Iucunda fuera música. El relieve podría tener también un significado simbólico, relacionado con la juventud, la educación o incluso con determinadas virtudes que quienes levantaron el monumento quisieron atribuirle.
 
Lo verdaderamente importante es que alguien decidió representarla con un atributo poco común. Esa elección convierte la estela en una pieza singular dentro del conjunto funerario de Segóbriga.

Una muerte demasiado temprana

La inscripción revela otro dato profundamente conmovedor: Iucunda murió con apenas dieciséis años.
 
En el mundo romano la esperanza de vida era muy inferior a la actual. Las enfermedades infecciosas, la escasa eficacia de los tratamientos médicos y las difíciles condiciones de vida provocaban una elevada mortalidad, especialmente entre niños y jóvenes.
 
Aun así, cuando una muerte llegaba de forma prematura, el dolor era tan intenso como lo sería hoy.
 
La pérdida de una hija, de una esposa o de una persona querida dejaba una huella que muchas familias intentaban aliviar levantando un monumento funerario. Aquellas piedras no solo marcaban el lugar del enterramiento. Eran también un acto de memoria y un mensaje dirigido al futuro.
 
En el caso de Iucunda, ese mensaje ha sobrevivido casi veinte siglos.

Una enfermedad mencionada por su nombre

Uno de los aspectos más sorprendentes de la inscripción es que hace referencia a la enfermedad que causó la muerte de la joven.
 
Las inscripciones funerarias romanas suelen limitarse a recordar al difunto, indicar su edad o mencionar a quienes sufragaron el monumento. Encontrar una referencia concreta al motivo del fallecimiento resulta mucho menos frecuente.
 
Esa circunstancia convierte la estela de Iucunda en un documento de enorme interés para arqueólogos, historiadores y especialistas en medicina antigua.
 
No conocemos con absoluta certeza cómo evolucionó aquella enfermedad ni cuáles fueron sus síntomas. Los conocimientos médicos de la época eran limitados y muchas dolencias recibían denominaciones distintas a las actuales. Por ello, cualquier intento de establecer un diagnóstico moderno debe considerarse una hipótesis.
 
Lo que sí sabemos es que quienes encargaron el monumento quisieron dejar constancia de que aquella joven había sufrido una enfermedad concreta antes de morir. Ese detalle aporta una dimensión profundamente humana al relato y nos recuerda que, más allá de los grandes acontecimientos históricos, la vida en la Antigüedad también estuvo marcada por el miedo, el dolor y la incertidumbre.

Los nombres que la acompañaron

La inscripción no recuerda únicamente a Iucunda.
 
En ella aparecen también otras personas cuya presencia ayuda a comprender mejor su entorno.
 
Entre ellas destaca Nigella, identificada como su madre. Gracias a esa sencilla mención sabemos que la joven no fue olvidada al morir. Hubo alguien que sintió la necesidad de conservar su memoria y de expresar públicamente el afecto que le profesaba.
 
También figura Manio Valerio Vítulo, propietario de la esclava. Su presencia refleja la compleja realidad de las relaciones personales dentro de la sociedad romana. Aunque la ley definía a los esclavos como propiedad de sus dueños, la convivencia diaria podía dar lugar a vínculos personales que iban mucho más allá de una simple relación jurídica.
 
La inscripción menciona además a un hombre relacionado con Iucunda cuya interpretación continúa siendo objeto de estudio. Algunos investigadores consideran que pudo tratarse de su compañero o esposo dentro de las formas de unión permitidas entre esclavos. Sin embargo, la información conservada no permite afirmarlo con total seguridad.
 
Precisamente ahí reside una de las grandezas de la historia: aceptar que no siempre conocemos todas las respuestas. En ocasiones, las piedras nos hablan con claridad. Otras veces lo hacen en voz baja, dejando preguntas abiertas que quizá nunca lleguemos a resolver.
 
Mientras tanto, Iucunda sigue observándonos desde su estela con la misma serenidad con la que fue esculpida hace casi dos mil años.

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